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Diferencias entre la lejía y el amoniaco en la limpieza

Escrito por Redacción | junio 30, 2016 | Hogar |
Diferencias entre la lejía y el amoniaco en la limpieza

La lejía y el amoniaco son viejos conocidos entre nuestros productos de limpieza, pero aún así a veces dudamos de cuál es el más idóneo para cada uso. ¿Desinfectan igual? ¿Tienen la misma eficacia en todas las superficies? ¿Cuál es más potente? ¿Tienes diferentes funciones?

¿Qué son?

El amoniaco o hidróxido de amonio es incoloro y desprende un fuerte y penetrante olor. En grandes cantidades puede resultar irritante y hasta tóxico. Por otro lado, el nombre químico de la lejía es hipoclorito sódico (cloro), también es incoloro y tiene un fuerte olor característico. Normalmente, en los envases se advierte del peligro de mezclar ambos productos a la hora de la limpieza, puesto que provocan una reacción en forma de gas tóxico que resulta muy perjudicial.

Propiedades

Ambos productos son potentes limpiadores, pero con dos funciones bien diferenciadas. El amoniaco actúa como potente desengrasante, mientras que la lejía es desinfectante y bactericida. Además esta última actúa como blanqueante y oxidante, por lo que puede decolorar tejidos y materiales. El amoniaco, sin embargo, puede utilizarse en la limpieza rutinaria sin temor a decolorar o deteriorar los tejidos.

Por tanto, si queremos desinfectar una superficie nos decantaremos por la lejía, mientras que si queremos limpiar restos de grasa, conseguiremos los mejores resultados utilizando amoníaco.

Para qué se usan

Por un lado, el amoniaco resulta ideal para las cocinas y los suelos, puesto que elimina de forma efectiva la grasa. Además, resulta eficaz a la hora de eliminar manchas persistentes en tejidos, tanto en la ropa como en tapicerías y alfombras. El amoniaco también es apropiado para limpiar cristales y espejos, porque dejar un acabado brillante. La lejía en cambio resulta apropiada para la desinfección de superficies como inodoros, bañeras, lavabos y suelos que lo requieran. Debido a su acción blanqueante, también puede usarse para blanquear tejidos o utensilios de cocina, aplicándola en mezclas en una proporción muy baja.

En el caso de la lejía, también puede utilizarse en las lavadoras de ropa blanca en combinación con el detergente, aunque su uso continuado puede deteriorar los tejidos. Paralelamente, el amoniaco sirve para combatir las manchas de grasa de la colada cuando se aplica en el cajetín del detergente.

¿Cómo se usan?

A la hora de emplear cualquiera de estos dos productos en la limpieza del hogar debemos ventilar convenientemente las estancias para evitar la acumulación de gases. Tanto la lejía como el amoniaco se usan diluidos en agua, y, como ya hemos advertido, nunca deben interaccionar (cuidado con algunos limpiasuelos y detergentes que incluyen lejía y reaccionarían ante el amoniaco).

- El amoniaco se usa para fregar suelos, diluido en un cubo de agua (medio vaso de agua). También para encimeras, armarios, cristales y espejos, con una bayeta húmeda o un papel de cocina. Para limpiar moquetas, alfombras o tapicerías, se recomienda diluir una taza pequeña de café con amoniaco en un litro de agua parra humedecer en la mezcla un trapo seco y frotar con vigor.

- La lejía se emplea disuelta en un cubo lleno de agua para los suelos (medio vaso de agua), directamente sobre encimeras y mobiliario de cocina y baños con una bayeta húmeda y un aclarado posterior, así como en inodoros, dejando actuar unos minutos el producto en su interior antes de aclarar. A la hora de usar en la lavadora, se aplica un chorrito en el mismo compartimento del cajetín del detergente y se deja que actúen en conjunto.

Superficies que pueden dañar

En general, no se recomienda usar amoniaco en superficies enceradas o barnizadas, como es el caso del parqué. Por su parte, la lejía puede oxidar piezas metálicas o cromadas, así como dañar revestimientos cerámicos o desgastados, con lo que es conveniente siempre hacer una pequeña prueba sobre el material. Y, por supuesto, cuidado con los tejidos, ya que puede decolorar con el roce de tan solo una gota.

Errores frecuentes

- No utilizar guantes, especialmente al manipular la lejía, que puede causar quemaduras e irritaciones severas.

- No mantener la ventilación apropiada. Siempre que utilicemos alguno de estos productos debemos mantener la máxima ventilación posible para evitar respirar los vapores que puede marear e irritar las mucosas nasales.

- Combinar la lejía o el amoníaco con productos ácidos. Si bien tenemos claro que nunca se deben mezclar entre sí, tampoco es aconsejable hacerlo con productos como el vinagre o los limpiadores abrasivos.

- Excedernos en la cantidad: más cantidad de lejía o amoniaco o significa más limpieza. Lo mejor es seguir las indicaciones del fabricante en cuanto a cantidades se refiere y diluir siempre los productos en agua para conseguir una limpieza eficaz sin derrochar ni intoxicarnos.

- Limpiar con lejía utensilios para cocinar: corremos el riesgo de dejar restos de lejía al limpiar tablas de cocina y superficies en general.

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